Realismo Mágico

La depresión del 57

I

Se vertieron las nubes en llanto, nostálgicas crónicas. Creo haberlas escuchado lagrimear colapsando entre penares.

Con el agua desplegada de sus masas como blonda, intentaban deshacer del suelo toda la oscuridad que se había acumulado por tanto alboroto: La canasta moral de aquel pueblo se vació, –de un sopetón–, y arrojó lo que contenía al piso, sin condolencia. Todo aquello que reposaba dentro del cesto quedó agonizando en medio del miedo que genera el frío del asfalto, sobreviviendo muy poco de lo que se acumulaba casi a reventar en el interior de la canasta.

Al cesar el huracán se volvió a verter lo que no sucumbió a las pruebas de dolor y calamidad, y lo nuevo se fue agregando con los años y las convicciones. En consecuencia de aquel acontecimiento, los ciudadanos de San Francisco de Asís lloraron de la nada, como si un fantasma, así, invisible, los hubiese pellizcado hasta hacer un moretón. Algunos se mojaron las mejillas desconsolados y perdidos en sus casas, bajo sus mantas, sus hamacas, o entre condimentos y verduras; otros bajo la ardua labor de sus trabajos de agricultores; algunos otros en el silencio placentero que yace inerte con los amores ocultos. Se inundaron las aceras de dolores absurdos, y luego vino la lluvia a conjugar todos los platos del festín.

Llovía contundente, sin estremecerse el cielo, ni ponernos a saltar de sorpresa al escuchar un estruendo típico de los días de tormenta. Se trataba no más que lluvia de limpieza, –de reorganización, tal vez–, no de finales.

II

–El lunes faltó poco para que se me enchumbaran los pantalones con la lluvia, o me arrastrara la corriente, qué sé yo. Tuve que subírmelos hasta las rodillas porque llovía tan recio que el agua me llegaba a las pantorrillas. Ahora, el miércoles solo fue un chubasco, terminé con la ropa llena de gotas y el poco cabello que tengo enmarañado con la brisa. Pero míreme hoy, casi no me deshago de enfermo, y triste– Decía, mojado y griposo, mientras tomaba el café caliente que le había servido mi abuela, para contrarrestar un poco el rocío, y el frío, a quien tiene ausente el alma.

–Usted es un arriesgado, Don Emilio, por eso pescó esa gripe. En tiempos de lluvia yo no salgo de casa. Uno no puede tentar a la suerte, mucho menos a la naturaleza.

En el medio de los consejos con sabor a reproche, vislumbraba reserva en sus palabras. Parecía estar ausente a los detalles. No extendía sus ideas como los demás cuando la conversación tomaba un tinte de lluvia o de calamidad. Se limitaba a observar minuciosamente a los que se perturbaban a nuestro alrededor, y a recitar oraciones concretas más por cortesía que por verdadero ánimo de consolar, mientras no despegaba los ojos del vestido que tenía entre manos.

–Pero ésta lluvia es extemporánea, señora, qué me iba a imaginar yo que se iba a extender tantos días, o que me iba a dar la lloradera en estos momentos, con todo lo que uno tiene que hacer– le dijo, a modo de protesta, y de excusa simultáneamente.

–De la prisa solo queda el cansancio, Don Emilio. Le aconsejo que se quede en casa hasta que la lluvia pase, y se le calmen los ánimos.

Se quedaron en silencio, largo y tendido. Pude escuchar las gotas romper, hacer trizas las calmas que quedaban zumbando a su favor. Al rato Don Emilio se fue, cuando la lluvia había disminuido a llovizna. Se calzó el sombrero y partió deprisa. Mi abuela lo miró con condolencia, y antes de seguir con los dedos absortos en las telas del vestido, me miró. Ay, Mariana, a veces no podemos involucrarnos tanto en los pesares ajenos, porque nos hacemos un puñado de tristezas que no nos pertenecen.

Ella se balanceaba, sentada en la mecedora de mimbre que yacía en el pórtico de la casa, con las piernas juntas, el rostro sereno y la mirada fija. En ocasiones alzaba el rostro, veía la lluvia y sonreía, mientras yo en sus ojos veía un brillo saltar, un corazón batir entre el silencio macizo de un pecho azorado, y un alma captar del roció el amor infinito del que somos parte.

Mi abuela y yo éramos las únicas que no lloramos aquellos fatídicos días, ni quedamos con las secuelas irremisibles de depresión en la que parecían estar inmersos los vecinos y todos aquellos que se vieran deambular por la calle. Poco entendía aquellos días, donde todos moqueaban dolores para algunos supuestamente sepultados que habían resurgido de las cenizas; para otros inventados, por el automático mecanismo que tiene el cerebro de justificar el dolor, aunque fuese casi mágico, inquietante y lelo.

El vestido que reposaba en sus manos era uno de mis más valiosos atuendos, que aunque galante y costoso, me yacía muy corto en las piernas y estrecho en el pecho. Por tanto lo deshacía con una hojilla, y cortaba con destreza los hilos de la costura. Yo resignada veía la tela deshilacharse y perder su gracia. Sin embargo, siempre obtenía una conciliadora explicación. A veces las cosas hay que desbaratarlas, para acomodarlas o rehacerlas, siempre mejor, Marianita, siempre mejor. Así que no llores, mi niña, que tú vestido se te verá más bonito luego de que lo vuelva a coser.

Muchos años después, supe que aquel destello canoso de amores no solo hablaba de vestidos o costuras, también me dejaba en el inconsciente, como en clave morse, escondido tras el resto de sus enseñanzas, la posibilidad de que tal vez, alguna fuerza mayor, algún ente creador que haya estado detrás de aquella costura, descosió a San Francisco de Asís, para rehacerlo, con un carrete de hilo nuevo. Siempre mejor, Marianita, siempre mejor.

III

Aquel pequeño pueblo varado en el bolsillo del mundo se convirtió en calles desoladas, con aroma a abandono. Las casas parecían tener la posibilidad de absorber la humedad del suelo y de las mejillas de sus dueños, formando así, paulatinamente con los días, manchas oscuras en las paredes.

De vez en cuando mi abuela y yo veíamos pasar por las aceras a unos pocos, cabizbajos –cuando mejor lucían–, o fervientes de llanto. Estos últimos se sentaban en las esquinas –o en cualquier parte de la acera– cuando el dolor les traspasaba el corazón tan contundentemente que no podían continuar dando pasos ni manteniéndose de pie. En circunstancias normales, eso hubiese ocasionado una reunión de personas a su alrededor para asistirlo o auxiliarlo, –si se tratase de algún accidente–, o emitir un consuelo ameno. Pero nada resultaba igual en San Francisco de Asís. Ahora no era más que un pueril río de lágrimas, estando todos muy atareados con sus pesares como para apaciguar los ajenos.

Las bodegas y los demás comercios abrían sus puertas algunos días y otros no, quedando dicha actividad a la merced de sus operantes, ya no tan afectos a su responsabilidad de trabajo, sino a la posibilidad de levantarse de las camas y encontrar esperanza en el anuncio de un nuevo día. Conocedoras del caso, mi abuela y yo teníamos los sentidos bien agudizados, a la espera, bajo alarma, con sabor a caza, vigilando las bodegas más cercanas, para cuando estuvieran abiertas comprar la mayor cantidad de comida que pudiésemos, asegurando el bocado de los días venideros, por si aquellos encargados de vender los productos no cumplían con su labor y tan solo se tumbaban a su suerte, tirados en sus camas, o arrebatándose la vida.

Esa situación se mantuvo por tres semanas y cuatro días, en los cuales siempre estuvo nublado. Nublado y triste. La lluvia era regular, más no constante en su fuerza. Algunos días se aglomeraba de agua los techos y caía al piso precipitada, otros días tan solo se humedecía lo que rozara la llovizna. Y aunque fuerte o liviana la lluvia, el ambiente fue el escenario de siete suicidios.

Las personas de pueblos vecinos estaban tan alarmadas frente a las noticias que corrían, y las muertes que se publicaban en los periódicos por “La depresión del 57” –como la titulaban en los diarios matutinos– que se acercaban a San Francisco de Asís y salían también llorando, aterrorizados por la angustia que les subía a la garganta y le hacía chorrear los ojos, jurando que nunca más iban a pisar esas calles, hasta que todo volviese a la normalidad, si es que algún día la penumbra abandonaba al pueblo con nombre de santo.

Un día sentí como la preocupación me tocaba las pieles posterior a una conversación de mi abuela con Don Emilio, cosas de adultos, Mariana, que aun así, a escondidas y en desobediencia de mi abuela, escuchaba a hurtadillas. Hablaban bajo y en un tono grave, como si la voz tuviese una graduación que pudiese adjuntarse a la ocasión, y en aquel momento se hubiese programado en un ambiente fúnebre. Aún así y sus precauciones para mantener la prudencia de su conversación, nada resultó un impedimento para que entendiese lo que decían. Se informaban casi con naturalidad que había un nuevo suicidio y ésta vez había sido una señora que vivía en la calle de atrás, por tanta oscuridad que residía en su pecho. Mis manos tiritaron en medio del terror que me sumía aquella noticia, espantada a tal medida que no pude comer en el resto del día, y dormí poco.

Mi abuela calmaba con sutileza cada inquietud que me surgía en la cabeza, se la manifestara o no. De vez en cuando recitaba alguna frase, como al azar, pero siempre oportuna. Cosa necesaria a mis 13 años, cuando el cuerpo me daba un vuelco irrefrenable, mientras la mente se revolcaba en chispas y resurrección.

Es una lluvia de limpieza, Marianita, algún día dejará de llover y la gente de llorar, no te preocupes. En el momento que escuché su voz recitar aquellas palabras, me encontraba abrazada a su pecho, en silencio, con su olor haciéndome cosquillas en la nariz, –en aquella tranquilidad que genera el calor humano–, mientras pensaba cuándo acabaría el tormento crudo que había azotado a todos en el pueblo.

–¿Y la gente que muere, abuela?– Dije, despegando mi cuerpo de su piel, para mirarla al rostro.

–Se le recordará lo mejor que se puede, mi amor, pero a veces eso sucede en las limpiezas, se saca lo que está dañado.

Al escuchar aquello, se me templó el alma. Años después, revisando todos los reportajes de periódicos que había guardado mi abuela en un cajón, descubrí que los suicidios tenían similitud: Eran hechos por personas tan malévolas, que el dolor los acaba haciendo ver sus errores, y éstos mismos les torturaban tanto la conciencia, que terminaban atándose a un árbol, disparándose en la cabeza, o envenenándose de algún modo. No quedó viva ninguna persona tan envuelta por la maldad que pensara que estaba haciendo lo que debía hacer. Los malos “recuperables” se sensibilizaron ante sus fallas, y los buenos fueron aquellos que menos lloraron y terminaron por darse cuenta de cosas que no estaban claras dentro de sí.

Don Emilio era de aquellos buenos que tan siquiera les pesaba la conciencia, sin embargo la depresión del 57 lo agarró por los tobillos y lo puso a llorar en varias ocasiones. Cuando se sentía mejor iba a casa de mi abuela a tomar café y hablar de sus desdichas, sintiendo un fuerte deseo por desahogarse. Así nos enteramos, –mi abuela como directa confidente, y yo como la intrusa que escucha tras la pared–, que tenía un hijo que no llevaba su apellido, viviendo en el pueblo vecino, cuya existencia no se conocía.

Don Emilio llegó un día desprendiendo una oleada de felicidad inquebrantable, con sus alpargatas nuevas, una camisa pulcra y bien planchada, acompañado de un muchacho temeroso, de unos 16 años, –pero con una leve sonrisa que mostraba satisfacción– a decirnos –y ésta vez sí fui testigo directo, y no tuve que husmear, pues Don Emilio quería que todos se enterasen–, que el que residía a su lado era su hijo, y que lo acaba de registrar con su apellido.

Corrió el calendario, y la vida se recicló en sí misma, mientras los ojos apaciguaban sus ansias apabullantes de desgastarse en medio de la turbulencia del amor enfermo. Comenzaron a verse cambios drásticos, mientras las calles se poblaban de gente con el sol galante dándoles vueltas, reluciente y centellante. Mientras yo, confundida y angustiada, sentía como la depresión que soltaban todos los demás se trasladaba a mi pecho y me tomaba desde las entrañas.

IV

Las semanas que le dieron lugar a la depresión del 57 corrieron victoriosas, en medio de la opresión en los ojos, la angustia exacerbada, y las posturas jorobadas, síntomas todos necesarios para que se consumara el revuelo íntegro que devolviese a las almas serenidad, y a las calles pueblerinas coherencia.

Entre el dolor urgente que mermaba en los corazones, los primeros días siguieron unos más difíciles que los otros, y luego, al llegar a la mitad de la temporada de llanto, en descenso: uno mejor que el anterior. Al estar en pleno de los últimos días de la tragedia que los arropaba irremediablemente, la lluvia disminuía y el sol iba cantando bajito, una canción de comienzos.

Una semana después de que el sol se apoderara por completo de las calles de San Francisco de Asís, –y los pájaros regresaran con sus cantos sublimes llenando de paz los hogares, mientras las manchas de las paredes desaparecían una tas otras–, mi abuela, Rosa Lozano, falleció en su cama, con los ojos cerrados, y una sonrisa plácida, casi de plenitud. Su cabello, –brillante y con cada mechón en su justo lugar–, adornaba los alrededores del cuerpo de un grisáceo irresistible, el cual miré como en un acto hipnótico por minutos largos y tendidos, sin poder retirar los ojos de sus hebras de cabello encendidas de luces. Por su aspecto y la irónica vitalidad en la forma de su muerte, pudiese asegurar, –fuera de la subjetividad que crea el amor–, que murió feliz.

Jamás tuve certeza del por qué sus pulmones cesaron inocentes. A pesar de mis enojos, mis llantos sacudidos en medio de rabietas, y mis denuncias –con la ayuda de Don Emilio–, nunca tuve razones de los resultados de su autopsia, ni razón de su muerte. Sin embargo, por la calle rumoraban una cantidad apoteósica de hipótesis: Los venenosos planteaban que su muerte no fue más que parte de la depuración del pueblo en la que los incontenibles se suicidaban, pero aquella insensata la desecharon inmediatamente los que conociendo a mi abuela, poseían testimonios verídicos de su bondad; Los esotéricos atestiguaban que ella tenía como propósito encajonar la depresión del 57 mediante su sabiduría y su contacto espiritual, y al haber logrado su cometido, su propósito terrenal había finalizado. Sin embargo, con 13 años, terminaba creyendo en la teoría cuya complejidad escasease. Por fortuna, –o desdicha–, los incrédulos desglosaron aquella cual sostuve por el convencimiento que genera la lógica, en la cual racionalmente aseguraban que era solo una muerte producto del paso de los años: con 79 de aquellos, las muertes naturales resultaban comunes. La teoría de los esotéricos se me hizo inconsistente por muchos años, vagando incluso en pensamientos críticos que desmeritaban a sus pensadores, pero siempre quedó sonando, como en susurro leve, –y discordante de a ratos–, un vestigio, un residuo, de su contenido.

Desde ese entonces, por cumplimiento de la voluntad de mi abuela, mi cuidado lo tomó Don Emilio. Me sentía una forastera, ineludiblemente perdida, deprimida entre sollozos constantes, con una enorme incapacidad de sentir en aquellas paredes el hogar que alguna vez tuve, a pesar de que aquel se esmeraba en esbozar atenciones sublimes, delicadas, como un padre ameno y comprensivo. Lloraba noctámbula por las noches y vagaba en silencio de día, hasta que con los meses, –en medio de los tropiezos delicados en los pasillos, y el roce de las pieles como por descuido–, me enamoré del hijo temeroso de Don Emilio, Gerardo, aquel cuya vida suya también había dado un vuelco imprevisible, y aquel que como yo, también se deprimía en ocasiones. Nuestra complicidad se forjó en pocas conversaciones clandestinas, y entre la premura del encuentro y de los sucesos, en un par de semanas, la casa inquilina que me refugiaba, –antes con tinte de soledad, ahora de esperanza–, se resumía a los encuentros diplomáticos en el comedor tres veces al día, y las escapadas nocturnas detrás de los arboles robustos en el extenso patio después del granero, que nos hacían invisibles, e invencibles.

Con infinita celeridad corrió el tiempo, y el día que cumplí 18 años, Don Emilio, lagrimoso y acongojado, –con una mano en el pecho y la otra sujetando un trozo de papel–, me hizo entrega de la carta que dejó mi abuela con mi nombre escrito en la parte superior, la cual no debía ser tocada por mis manos hasta que cumpliera la mayoría de edad.

V

Recuerdo haber sentido mi cuerpo flotar, las luces chistar, y en los hombros sostener el roce de sus manos dulces sujetándome despacio, mientras al leer las líneas que escribió con una letra pulcra y ordenada, las lágrimas se esparcían entre el alivio profundo que se crea con el entendimiento.

Aquel rústico papel, amarillento, roído en las esquinas, polvoriento y quebradizo, contenía una carta, –breve–, que vagaba entre despedidas tardías, adioses sentidos, amores infinitamente conmensurados, que no se quebrantan con la muerte y las ausencias definitivas.

Yo creo que el asunto con el amor es que lo sentimos eterno, lo sabemos pleno, pero lo queremos siempre tangible, en un cuerpo, en unas manos que nos toquen, y eso es imposible, porque uno se muere, Marianita, y después de un tiempo pasa, deja de doler, y el amor continúa en nuestros corazones, aunque no veamos a quien amamos.

Y, cuando había comenzado a clausurar de mi rostro las lágrimas, –y en mi interior crecía el sosiego–, noté como en los doblez guardaba unos últimos párrafos, cuya letra detonaba una escritura deprisa, de esas que se articulan por la muñeca cuando en la rapidez maratónica de los impulsos, y en desobediencia –quizá de alguien más, quizá de uno mismo–, un secreto se revela contrariando el deber ser.

Siempre quisiste entenderlo todo, mi Mariana, pero a destiempo no encontramos las respuestas. El día que esto leas, ya estarás lista.

No sufriste en la depresión del 57, porque tú aprenderías lo que los demás un poco después. Yo no sufrí porque ya había tomado mis lecciones hace muchos años atrás, y así como asumí tu crianza, también tomé con valentía el último reto que tendría a cargo: Éste pueblo. Ahora es tu turno, Mariana, la sangre es ineludible, en el destino no hay salida.

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Poema

Recital de la resurrección.

Y el amor que en tus ojos veo crujir
Junto al renacer de mis palmas blancas
Moviéndose al son del cuerpo entero
recién hecho
demorándose en dejar de hervir
por las llamas en las cuales fue creado
Y tomando en seco los anhelos inauditos
de los que no te haces cargo
Mientras como malabares preciados hacen almas y carnes
como las mías
De un pulcro diseño
Casi medidas por centímetros
sin dejar ningún rincón a los devenires del desamor intruso
Todas mis partes ajustadas a las necesidades de este pecho abierto
Producto del amor intrépido que se hace dueño de mis ojos
y mis labios
Que ahora solo hablan de ti
Y te esperan en la orilla
De cualquier sitio del que pudieses llegar

Mientras en el fondo de aquellos estas tú
buscándome
Y entonces yo te espero al terminar la travesía
Para hacerte ver que estábamos tan cerca
Pero requeríamos un camino
corto
Absurdamente corto por recorrer
que lo transitamos con la paciencia
y la perspicacia de unos ancianos
Hasta que al posarnos frente el uno al otro
Pudiésemos percibir
Casi sabios
Como el tiempo nos había hecho coincidir
y te había tatuado a mi cielo
Nos había enlazados las manos
Justo cuando no te esperaba
Pero podía quererte
como ahora te quiero
Como se quieren a las buenas sorpresas

Todo vino dado por lo oportuno de tus cabellos junto a los míos
Y la inesperada forma en la que simultáneamente
Nos tocamos las puertas de las hipotéticas casas disimiles donde vivíamos
Y ambos entramos dando los mismos pasos por los portales del otro
Y era la misma habitación que nos aguardaba
Con los mismos cuadros
Las mismas melodías haciendo eco alrededor de nuestros cuerpos
Pero tan distintas a las que antes habían sido solo nuestras
Que vi de inmediato
en el déjà vu de aquel contexto
Como le sumabas vida a una hoja perdida

Trayendo del viaje
que hicimos para el encuentro
El alma que quedó agonizante muy lejos de donde me encontraba
Y la introdujiste con la minuciosa calma de un cirujano
Construyendo
con las manos suaves que languidecieron mis puntos cardinales
La persona que había querido ser
Consiguiendo justo ahora
en conjunto
Ser el reflejo exacto del amor que tenemos.

Poema

Formulación enrroscada.

En el silencio acogedor
De un recinto solo
y un alma de alta
Se derrama del trampolín gigante
Que es el pecho
Un cuestionamiento
nacido desde la premura
Goteando en las mantas
vertiéndose en las sillas
saltando entre los ojos
Perforando las manos en busca de respuesta
Con el sol ameno de intermediario
Que a veces muestra tregua, y a veces salida
urgente
De sus tierras y sus mares
Cuando mis ojos en pleno
Buscan
desesperados
en angustia crónica
Ponerle un rostro vívido a tu nombre
Y unas manos blandas
Que dispuestas en el encuentro
Quieran tocarme

Y con el viento soplando liviano
Las hojas cayendo al unísono
Con las gotas sumidas en la ternura inocente
De mis ojos al mirarte
(si alguna vez te miro)
Pueda resolver en seco
La incógnita
Intranquila
Caprichosa
Urgida de un

Que surge ante la hipotética situación
De que, por instinto innegable
Razones lógicas
que se sumergen solo las puntas de los dedos en irracionalidad
O por sucumbir
Al encanto sublime
De tus cualidades cálidas
Y tus palabras sonoras
Generándose un deseo cauto
Que vaya haciéndose palacio
Incansablemente e indestructible
En mis adentros
Yo me enamorara de ti
¿Tú lo harías de vuelta?

Relatos Cortos

Al salir, o al llegar.

Aquel día cantaban los pájaros melódicamente, pero para otros oídos. Batían los árboles un cúmulo de torrentes aromáticas: Vientos inconmesurados a otros rostros. Llovía a cántaros, con las plantas danzando y las casas humeando en busca de calor, pero para otras nubes. En cambio, estas pieles frescas, gloriosas de juventud, con la vitalidad de los pocos años, no podía más que sentir el reseco nauseabundo de los dolores profundos. 
 
Si tengo el pecho triste, ¿entonces lloro?
 
Estaba sentada en un asiento oscuro, de madera, reposado a la pared que conectaba aquel pasillo sombrío con el consultorio, justo en frente de mí, donde se ubicaba otro renglón de sillas, semi vacias. Se extendía un eco tenso, batiendo secuelas de tos ahogada, estornudos, malestares sostenidos, meciéndose culposos.
 
Al sentir golpear en el rostro una bocanada de aire gélido que se mantiene a oscuras, batallando con la tierra, entre los vestigios de sol que cruza en el cielo, algo despierta, miedo del futuro, o angustia del pasado.
 
Llevaba un atuendo sencillo, oportuno a la locación y a la hora vespertina. El cabello corto, grisáceo, susurrándole en los hombros, y sus manos sujetas entre sí, con la espera haciéndole malabares.
 
Caerte de bruces.
 
Mi rostro erguido, –en un impulso inevitable–, la miró, y al sostener mis ojos en los suyos, sus labios se alzaron, mientras se plegaban las pieles en varios renglones. Al cansarse la sonrisa, –o al creerla muy prolongada para ser desconocidas–, los labios bajaron, quedando, sin escapatoria, las marcas exactas en las que su piel se dobla.
 
La espera que nos había hecho coincidir, –por fortuna–, en el mismo lugar, terminó al escuchar su nombre en la puerta del cubículo en donde el hombre de bata brindaba sus servicios. Y aún así, y en su ausencia, –por la infinitud de una bondad intrepida–, al cesar su piel, quedó brillando con los destellos de las melodías que no suenan pero se dejan saber en el aire, de un alma a otra.
 
Canciones de señoras alegres que reviven corazones.
 
Crecía fuera un silencio oscuro, un sol batallate, sin brisa amena, el cielo gritando iracundo y nosotros cerrando los ojos. Y, en medio de la angustia que provee los reproches acumulados y las tristezas que se sienten, su sonrisa mantuvo, –en el alma contraída–, una oportunidad de cese de llanto, una esperanza de futuro, un amor venidero que su risa trajo colado a mis manos.
 
Hay cosas en el alma que galopan, se agitan, sucumben ante la verborragia que se extienden con audacia indeseable en los oídos frágiles, incluso necios, que pierden y gastan las vibras clásicas del amanecer. Pero, al su mirada fijarse en mis facciones caídas, y su alma enviarme un mensaje de buenos augurios, logró alumbrar el recinto y que chispeare la aurora.
 
Que quedó encendida durante días, crispando los cielos.
 
Cuando al salir sus trajes se ondearon sublimes, en el portal, a instantes de hacerse pequeña y esfurmarse de mis pupilas sus años largos y sabios, volteó a mirarme de vuelta, manteniendo su sonrisa, nuevamente, como un obsequio perenne del que no se deshace ni el más bribón.
 
Al cerrarse la puerta venciendo a su cauta precencia, y quedando los asientos vacíos y mis rizos ondeando aislados de unos ojos que los mirasen, o unos pulmones que respirasen el mismo aire que me rodeaba en seco, llegó mi turno al escuchar mi nombre sonar.
 
Sería, alguna vez,  al salir, o al llegar, tal vez, el reflejo del amor que recibía inocente.
Poema

Sonata verbal de medio abecedario.

I
 
Justo en el momento
En que los ojos
Lagrimean
Tu nombre se repliega
Como ola en la orilla
 
II
 
Y tu rostro que no se deshace en el recuerdo
Ni en carne y hueso muestra salida
No cede
Se aferra
Inaudito
De cuclillas
Y a su vez preciso
En mis labios
Armas difusas
Que te callan
Y se contraen
Ahogados
En las ausencias infinitas de las que no soy parte
Ni seré
Desde aquel día
Que furiosos
Incontenibles
Alzamos un muro
Inquebrantable
Del cual somos presos
Y ninguno se libera
Porque hemos rayado
En cohete
Ya muy lejos
A galaxias con millas incontables de distancia
 
III
 
Y mientras mis pasos masacren la madera oscura
De la cual se fabrican las puertas cálidas
Que se abren sustanciosas de oportunidades
Solemnes
Y yo añore
En cambio
Y en un silencio ensordecedor
El ruido estruendoso del pasado
–Que lleva inmerso tus manos
Haciendo juego con las mías
Cuando el mundo se retorcía en sí mismo
E irremediablemente
Yo te quería–
Serán los días llorosos, el universo que me arropa plano, y las ataduras de hierro
Sin que regreses
Tan siquiera
Para emitir una tardía
Quizá insuficiente
Pero serena
Y sincera
Proclama de disculpa.
Realismo Mágico

Tres casas.

Mi vista solo se sintió atraída por detallar las tres casas más próximas. Mientras caminaba  mis pasos me iba intimando a las afueras del terreno de una casa de paredes y rejas azules, pintoresca y saludable a la vista, con enredaderas verdes y frondosas cubriéndola a su merced. La señora galante que residía en aquella casa, andaba en medio de adioses repetidos, –con dulces matices en su voz–, siempre postergados, debido a la charla interminable con algún personaje oscuro, –cubierto con el irremediable manto de las sombras que generan las columnas de la casa–. Esta despedía un aroma de rosas sostenido, y el olor dulzón  que destilaba aquella fina estructura, se dispersaba tenuemente, confundiéndose con el aire que parloteaba entre los rostros, entre mi rostro. Aquella bondadosa mujer combinaba su gracia con las flores alzadas en los costados del recibidor de su hogar. Alcé la mano, –la que no se veía sumida bajo manchas negras, sucias–, la saludé incipiente y su rostro sonrió, mientras me devolvía el saludo. Llevaba los ojos llenos de brillo, símbolo de las cosas bien claras, y bien hechas. “Es feliz”, me dije.

Sin detener mi paso pausado, pude detallar la casa siguiente, y en seguida entré en un estado de melancolía. “La blanca del tejado naranja tiene el alma oxidada, es una casa triste”, pensé. Sus muros desgastados, las manchas grises en las paredes y las rejas descoloridas me hicieron creer aquello. Concluí en cuestiones de segundos que las casas tristes se reconocen porque parecen haber llorado, lucen ensimismadas. No pueden reponerse ellas solas de un fatídico descenso de ánimo, necesitarían manos firmes y bondadosas que limpien, cubran y desaparezcan los vestigios de oscuridad, que residen como inherente en un corazón cansado, además de crear melodías sublimes que recuperen las plantas grises y las risas rotas. Pero, aquellos que no se sienten aludidos por el llanto deprimido de sus casas, que tiran del pórtico y se tumban en sus cómodas sin más ánimo que el que perdieron, son tan tristes como ellas. Quizá el dolor de uno haga mella profunda y provoque, –o fomente–, el del otro.

¿Y la verde? Parece estar levitando, conjurando los secretos que han quedado entre sabanas para alzarse de la tierra, y lo ha conseguido. Lucía mágica y encantadora. Las plantas abundantes que poblaban todo lo que podía observarse, daban la ilusión de estar bailando. La madera de la que estaba hecha la puerta del hogar parecía ser pulida diariamente. Todo daba la sensación de ser nuevo y fresco. “Allí deben vivir dos grandes enamorados, o unos brujos”, concluí, mientras sonreía afablemente.

Las demás casas que seguían a aquellas tres, que se encontraban una al lado de la otra, perdieron total sentido para mí, nublándolas rotundamente de mi vista, mientras concentraba mi atención en analizar las que acababa de observar minuciosamente. “A la gente se le conoce por su casa”, pensé.

En la dirección contraria a la que me dirigía, –a tres casas de voltear a la derecha en la esquina y continuar yirando por El Resplandor–, apareció deprisa en aquella calle desolada, un granizo de personas que aceleradas se dirigían a sus hogares, acompañadas de escolares de diversas edades. “Hora del almuerzo”, me dije en voz alta.

La señora más próxima a mí, con los ojos hinchados y los labios contraídos, se desplazaba colérica, con un niño sujeto de la mano, el cual parecía verse arrastrado por una corriente inexplicable de malos humores, que intuitivamente no pareció haber ocasionado, al menos no voluntariamente.

–Buenas tardes, disculpe– Tomé serenamente del brazo a la señora– ¿usted considera que aquella casa verde está flotando? Porque yo la siento a varios centímetros del suelo– Sostuve la mirada, curiosa.

–¿Tú de qué hablas, niña? ¿Qué te pasa?– Se soltó del brazo en un arrebato exagerado, y me miró irritada, observando con asco el poco de suciedad que había quedado en su piel, por mis manos.

–De la casa verde, señora– La transeúnte templó los ojos y retrocedió ipso facto, colmándose de furia– ¿Puede, entonces, tener la amabilidad de responderme?

Las miradas de los que vagamente circulaban con cierta cercanía y podían escuchar a voces opacas el diálogo forzoso, desplegaban miradas incrédulas, de soslayo, temerosas. La señora soltó un alarido clásico, que a criterio contrario de haber sido una sorpresa, esperaba. Caminó como quien patea el asfalto, recitándole a su hijo palabras que con claridad pude siempre oír, mientras sujetándolo con más fuerza, el niño, que confundido no cerraba la boca, miraba a esta mujer de ropas sucias.

–Un fiasco. Cuántas locas mendigas no hay en la calle, pero que me toque a mí, ¡qué barbaridad!– Bajó la vista y encontró a su hijo con el cuello hacia atrás– ¿Qué haces mirándola, Pedro? ¿No ves que la locura se pega? Y vaya a saber que haría yo con uno de esos en la familia. Seguro terminarías viendo casas voladoras en otro vecindario.

Luego de unos segundos, justo después que sus pasos cesaron, y frente a la fachada que los aguardaba –o repelía–, tomaba las llaves, al mismo tiempo que cedían las rejas desgastadas y el tejado naranja les hacía sombra, la boca del niño seguía abierta, y en su cabeza se acumulaba una duda indisipable, terrible, curiosa intrépida e irrefrenable.

–Mamá– Antes de entrar se detuvo, tocándola para que dirigiese su atención, algún momento, tan siquiera, sin reproches y humores tensos–, ¿Entonces, soy yo un loco si creo que tiene la razón, y además es muy bonita?– Cerró los labios, encontrando sin remedio alguno en el opaco rostro de su madre, unos ojos sumamente tristes.

–¿Por qué lo dices, Pedro?– Sus facciones rígidas cesaron, calando en sorpresa.

–Porque yo también veo algo que tú no puedes ver, como que la casa verde flota.

Lo tomó fuertemente del brazo, y con una furia incandescente, y la brisa ondeando fuego, entraron velozmente a la casa blanca triste, que entre tanto llanto lastimoso, chilló el concreto.

Realismo Mágico

Era luces y la sacaron a bailar.

I

Solo dudé de mamá una vez, cuando era una adolescente, en el apogeo más floreciente de la etapa incansable que estremece los cielos y colapsa a las nubes.

Había una frase que ella repetía constantemente: “El amor viene de adentro, Nina, y casi siempre lo buscamos afuera” y aunque era acertada la mayor parte del tiempo, yo sentía un manojo de confusión cada vez que recitaba,  –reflexiva y convencida–, una oración que no calaba en mis pieles, y no hacia casa en mis poros.

En las tardes, luego de llegar del instituto, me daba un paseo por el parque que quedaba bordeando la plaza del pueblo, a unos minutos de la casa donde vivíamos en eterna armonía las dos, solas, a merced del viento.

Allí, en aquella verdosa extensión de tierra, cuestionaba la certeza del cúmulo de palabras que quedaban sonando en mis oídos, haciéndose incógnita. Solía echarme a correr con los rizos al aire, ondeándose casi contentos de tanto agite, sintiendo una corriente gélida que me mantenía en suspensión, gustosa de su cadencioso zumbar. Yo me sentía amada irremediablemente cuando con los brazos en alto, corría, demente, con alevosía, solemne y ambigua, de a ratos con una felicidad centelleante, y por otros ratos melancólica hasta los tuétanos, luego me tumbaba en el césped con la panza mirando al cielo, el ombligo riendo, divertido, de movimiento, y de tanto roce con la ropa.

El aire viene de afuera, pensaba, pero lo que no había descubierto en ese momento es que de no haber ese amor íntimo, mío, del que tanto hablaba mamá, la brisa no hubiese generado en mí más que lo que puede generarle a alguien más, agobiado en una tormenta chamuscada de dolor y pena.

De resto, las palabras de mi madre no cesaban de presentarse encarnizadas en una gran cantidad de situaciones para mostrarme que habían pocas cosas más ciertas que lo que decía una y otra vez. Y como aquello, tantas otras reflexiones, que recitaba como de memoria, con su mechón canoso adornándole la frente, sus ojos mieles, sus facciones serenas, su boca rosada y de vez en cuando una pila de libros reposados en las piernas, de los cuales nunca la vi leer ninguno. Una vez le pregunté sobre ellos, y si no pensaba abrir la tapa y comenzar a ojearlos tan siquiera. Complacida, con las manos entrelazadas encima de aquellos, –como quien tiene mucho tiempo esperando aquella intrépida pregunta–, me dijo que ella leía en su cómoda, en soledad, cuando ya nos dábamos las buenas noches y nos íbamos sin hacer ruido a nuestras habitaciones. “En el día solo me hacen compañía, para no sentirme abandonada cuando tú no estás”, me dijo, luego de una pausa, cuando creí que aquella conversación había terminado. Supe entonces que a mamá le había costado algo de esfuerzo y una que otra batalla silenciosa confesármelo, quizá porque siempre me inculcó la creencia inamovible que aún conservo de que no necesitamos nada más que a nosotros mismos, pero en vez de preocuparme, sonreí. Yo también la necesitaba, pero nunca se lo dije.

Cuando era una niña, ruborizada, altiva, y muy ocurrente, le dije a mi mamá, muy segura de mí misma frente a una juguetería, que yo necesitaba a mis muñecas para ser feliz, y por tanto debía comprarme más, para que aumentase mi felicidad. Imperturbable, como siempre, ladeó la cabeza y me dijo: “¿Si? Yo puedo comprarte otras, pero, ¿qué harás cuando se te dañen todas? ¿Serás una niña triste?”. Pensé decirle que nunca lo sería si siempre tenía muñecas buenas y nuevas, pero me quedé muda, con el rostro alzado para poder mirarla a los ojos. Desde entonces no volví a ver mis juguetes de la misma manera. Sin embargo, una semana después de aquello, cuando llegué del colegio, me recibió con una muñeca nueva envuelta en papel celofán violeta, y no por sucumbir a mis amenazas, sino porque sabía que yo ya había comprendido lo que quería hacerme ver.

II

Ella se sentaba en la mecedora del exterior de la casa, por la parte trasera, al comenzar el extenso jardín que en un extenuante –pero reconfortante– esfuerzo mantenía vivo y maravilloso. Luego de sus actividades diarias en la casa, se arrojaba en su predilecto asiento de madera y se balanceaba para adelante y para atrás, mientras que con las manos cruzadas miraba las plantas.

Hablaba sola, pero sin demencia. Es decir, no se trataba de frases incoherentes dichas por poca elocuencia del parlante. En lo absoluto, se trataban de charlas bien esquematizadas, incluso espontáneas, pero cálidas y con objetivos claros: Aconsejarse a sí misma, en voz alta, producto de que no había otra boca aparte de la mía que pudiese  emitir palabra alguna, –y no creo que hubiese podido decir siempre las mejores–. Quizá no escogió ser una persona solitaria, –o quizá sí–, pero yo siempre la veía disfrutar de ella de una forma tan apacible y cristalina. Era justamente aquella ausencia de compañía, aquella carencia de pasos por la casa y de voces bailándole en la cabeza, la que la conducía a tenerse a ella como su más fiel consejera. Jamás vi algún familiar fuera de mamá, mucho menos alguna amistad. Fue hasta que entré en la adolescencia cuando supe que para concebirme tuvo que haber estado presente una figura masculina que hiciese posible el acto de creación, y yo posteriormente naciera.

En mi infancia, siempre que veía a los demás niños llegando de la mano de un hombre creía que la figura del padre era no más que un producto de la voluntad del que escoge, y como nunca lo necesité por consiguiente nunca lo pedí, ni le cuestioné a mamá que en el día del padre asistiera ella al colegio, incluso me sentía orgullosa cuando su voz, armónica, contrarrestaba los ásperos ecos de las gargantas paternas, que en medio de tarjetas, lágrimas, y besos de labios pequeños, no escapaban de la curiosidad de ver a mamá sentada, con su obsequio del día del padre.

He llegado a pensar que era una niña avara, pues no podía imaginarme compartir la risa de mamá con alguien más. Así que jamás mencioné, ni en broma, la particularidad de nuestra familia, diminuta.

III

Me impulsó a desarrollar el instinto de una persona muy consciente, despierta en exceso, por eso siempre que escuchaba desde lejos algunos susurros, me arrullaba en el umbral que conectaba la cocina con el jardín, –comúnmente al final de la tarde, con el sol rayando muy tenue las montañas–, y la escuchaba en un monólogo, consigo misma, en el cual se explicaba un par de cosas según la situación. A veces yo era la cuestión sujeta a análisis. “Mira, Nina sabe lo que hace, si la tratas como a una criatura indefensa que depende únicamente de tus consejos y tus decisiones sólo estarás repitiendo patrones”. Entonces, la veía erguir su cuerpo, producto de los sentidos agudizados, en alerta, y antes de que se girase y observare su alrededor, yo me escondía detrás de la pared. Una norma que habíamos impuesto intrínsecamente, sin haberlo establecido formalmente, era la privacidad. 

El jardín a veces era verde, a veces de cualquier otro color que ella inventase. Incluso yo lo podía ver, si me concentraba. En ocasiones, –cuando no se estaba meciendo–, mamá estiraba los brazos y abría las manos, dejando sus palmas desnudas, paralelas la una a la otra, dirigidas hacia las plantas, las movía de un lado para el otro, las dos al mismo tiempo, luego alejaba sus extremidades, las mantenía extendidas formando una “V” un par de minutos y luego las movía de golpe y las unía de nuevo. 

Las primeras veces que la vi, en silencio, sin que ella se percatase de mi husmeante presencia, –o eso creía yo–, no notaba nada fuera de lo común, solo mamá siendo mamá. Luego de ver lo repetitivo de sus acciones, supe que había algo más detrás de aquellos movimientos clásicos y recurrentes. Así que una tarde, luego de llegar del parque, la vi sentada en su silla, siempre de espaldas, cantando bajito una canción que había compuesto para mí cuando nací: Linda niña rosada, bonita, calmada, cierra los ojos mientras te abrigo, suéñate en praderas desoladas de enemigos y abundantes de tus giros, en medio de mis mimos, cariño, que te amo sin retorno.

Conmovida me apoyé en la pared que daba al portal para seguirla observando y escuchando con el sabor dulzón del amor en la boca. De repente dejó de cantar, se quedó inamovible unos segundos y como en un impulso arrebatado estiró los brazos y comenzó a hacer su danza. Yo me estremecí y entrecerré los ojos, me concentré en sus manos, las seguía con ritmo y desesperación, sin parpadear. Luego de unos minutos, cuando ya me estaba dando por vencida, vi como una ráfaga púrpura salía de sus palmas e iba a parar con elegancia a los arbustos. Inmediatamente y despertándome del trance la escuché carcajearse aún de espaldas en su mecedora, diciendo luego de que cesara la frenética risa: “Finalmente pudiste verlo, mi Nina”. Desde entonces dejé de esconderme, y hablase sola o moviese sus manos, me posaba sin prejuicios a su lado, como si yo formase parte de sus rituales.

IV

Un día –que entre lúgubre y feliz se me pierde en los recuerdos–, dejaron de ser solo las típicas conversaciones unipersonales y danzas manuales con despliegues coloridos a sus anchas. 

“Las cosas no son estáticas, siempre cambian” decía mamá, cuando a los 12 años corría con preocupación a donde estuviese y le mostraba las prendas de ropa que entre ajustadas me incomodaban, directamente me quedaban más cortas, o no podía ponérmelas en lo absoluto. “El cuerpo, el alma y el corazón se van transformando a medida que vamos creciendo, mi niña”. Y aquel día, –ineludible, que llegaría en algún momento, fuera del deseo de las dos–, el alma de mamá se transformó y el cuerpo también, estallando entre luces.

V

Era el medio día de un jueves, había sonado la campana de salida del instituto, y había tomado el sendero más largo para llegar a casa. A esas horas del día, en las que sin falta retornaba a mi hogar, naturalmente se hacía paso un sol brillante y amenazante, trayendo consigo una ola de calor que me hacía caminar más de prisa para llegar pronto a mi refugio confortable: arrojarme en los brazos de mamá, bajo el manto de la pureza del jardín. Sin embargo, esa vez soplaba la brisa con una contundencia que no ha de sentirse muy a menudo. 

Generalmente, cuando giraba la manilla dorada de la puerta de madera maciza, para
entrar al living de la casa, –la cual se abría orgullosa de mi regreso–, podía escuchar el  sonido de la vajilla sonar, o de los cubiertos chocar. Como parte de una rutina inquebrantable me dirigía a la cocina y allí estaba mamá, angelical, cocinando afablemente. Ese jueves al abrir la puerta, la sentí triste, satisfecha de que hubiese llegado. No había sonidos provenientes de la cocina, ni de ningún otro lugar de la casa. Llamé a mamá sin cesar, con distintos tonos de voz: los primeros llamados tranquilos, los últimos agonizantes. Corrí desesperada ascendiendo por la escalera y revisé cada habitación. Con el llanto ahogado en la garganta bajé a gran velocidad y fui al jardín. Allí estaba mamá, encima de los arbustos, flotando.

La vi levitar con el cuerpo extendido, boca arriba, a dos metros de distancia del suelo por encima de los arbustos, que estaban pintados de negro. Tenía los brazos abiertos y rectos al nivel de sus hombros, las piernas estiradas y juntas, el cabello oscuro sucumbiendo sublime a la gravedad, y el mechón grisáceo adornándole el alma como ya era costumbre, con gracia. Los ojos estaban cerrados y en el terminar de aquel rostro sereno, aguardaba una plácida sonrisa, la cual me generó un terror morboso cuando me sorprendí ante aquella imagen, pero segundos después me infundó una profunda calma.

No me hablaba, ni despegaba sus párpados para tan siquiera mirarme por última vez, pero podía sentirme, porque luego de que la mirase suspendida en el aire, tirase el morral en el suelo de madera donde reposaba la mecedora y la contemplara mareada y perdida, comenzó su indetenible ascenso. Cada segundo se alejaba más de mí y yo no podía hacer más que observarla boquiabierta. En medio de su trayecto la perdía entre el follaje negro de los árboles, y luego volvía a hacerse fuego ante mis ojos, aunque por segundos era nube, era espuma, siempre siendo lo más traslúcido que había amado mi corazón.

Ella se iba convirtiendo en una vaga silueta entre tanto azul, la cual antes de desaparecer, cuando parecía ser una mancha, una confusión de la vista, se desplegó por el aire partiéndose en miles destellos de luz. Se le estalló el alma, quizá, o el corazón. Y aunque no pude ver la explosión, ni su rostro antes de hacerse una titilante luz en el cielo, sí pude ver como aquellos puntos luminosos caían encima de mí y su preciado jardín, las dos cosas que quizá más amó cuando era visible y se hacía presente sin tener que concentrarse o ligar a la suerte.

El jardín se bañó verdoso, sacudió los vestigios de oscuridad y se hizo un vestido de fiesta, de puro brillo, de pura luz. Desde entonces no paró de brillar, y seguía tan vivo e impecable que cuando ella gastaba las horas del día, arrodillada, con su cabello en una trenza y la actitud más benevolente, para podarlo con pasión desenfrenada.

VI

Después del hermoso fatídico día, la casa se me hizo más amplia, –más no por eso menos confortable– aunque aún vivíamos dos en un espacio apto para ocho personas. 

La ausencia de su masa corporal no la hacía menos real, menos presente. Con concurrencia mamá me abría los cajones cuando no encontraba algún utensilio de cocina y mi paciencia se sentía claudicar. También me enviaba oleadas de aire aromático cuando el sol me acribillaba la piel de puro vapor. Cada día dejaba sonar su risa por la casa, y percibía su perfume delicado con olor a fresas. 

En diversas oportunidades abría los brazos y me arrojaba al aire, tendiendo mi cuerpo, persiguiendo el deseo utópico de flotar a su semejanza y encontrarme con ella en el confort que genera la tranquilidad, pero solo conseguía sumar rasguños, y quedar tendida en el césped tiritando de dolor.

No fui más al parque, y me retiré del instituto. Dejaba la casa una vez a la semana para comprar la comida, con las justas raciones que iba a consumir en siete días, tomando el dinero de la mesita de noche en la habitación de mamá, que por mucho que extrajera del cajón, continuaba lleno.

Ocupé su mecedora día tras día y bajé de la cómoda de su habitación una pila de libros
que depositaba en mis piernas, con la diferencia de que yo sí abría sus tapas y me perdía atónita en las páginas durante el día, con la finalidad de aplacar el deseo arrebatado –que latía iracundo en mi corazón– de ver las luces unirse y que su cuerpo bajase para sentarse a mi lado y entre risas cuidar –esta vez juntas– los rosales.

Linda niña rosada, bonita, calmada, cierra los ojos mientras te abrigo, suéñate en praderas desoladas de enemigos y abundantes de tus giros, en medio de mis mimos, cariño, que te amo sin retorno.